LA TRIPLE DIMENSIÓN DEL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO HUMANO
¿Cómo aproximarse a un tema tan extenso y complejo tanto desde el punto histórico como conceptual?. Es la pregunta que se haría cualquier docente que pretenda abordar de forma didáctica estos problemas. Por este motivo, he decidido abordar este tema desde una triple dimensión o, al menos, hacer explícita la misma en la introducción:
1) LA RELACIÓN SUJETO-OBJETO:
Desde este punto de vista o enfoque, muchos de los desarrollos teóricos que se llevan a cabo en la historia de la filosofía consideran que principalmente el problema del conocimiento atiende a una relación primaria entre un sujeto cognoscente y un objeto conocido, de forma que es precisamente este enfoque dual el que da lugar al desarrollo de la gnoseología y con ella de la ciencia positiva, que parte precisamente del problema planteado por el origen de la naturaleza y los cambios que se dan en la misma en la filosofía presocrática. De hecho, el nacimiento mismo de la filosofía, independientemente de que se diera en un tiempo, lugar histórico y con unas circunstancias sociales, políticas y económicas concretas, responde a un problema gnoseológico y presupone precisamente un cambio en este aspecto humano, en la forma de conocer.

En este sentido, partiendo de esa relación diádica, a lo largo de la historia de la filosofía existe desde los inicios, en primer lugar, una preocupación por el método de conocimiento, ya sea en sentido implícito o plenamente autoconsciente en la Modernidad y más adelante aparece propiamente la preocupación por las condiciones de posibilidad del conocimiento y los elementos que intervienen en este proceso, así como la descripción de los mismos. Por este motivo, la relación diádica inicial se convierte en una relación triádica desde el punto de vista gnoseológico en la que intervienen tres elementos: sujeto, objeto y método.

2) RELACIÓN SUJETO-SUJETO:
Podemos dirigir el vector que hace referencia al problema del conocimiento hacia el propio sujeto, como si se tratara de una línea en el plano que se revierte o repliega sobre sí misma, en este sentido, el conocimiento es una tarea autorreflexiva sobre sus condiciones de posibilidad (Kant) y también sobre el propio sujeto cognoscente. Desde la Antigüedad clásica e incluso antes, desde los mismos poemas homéricos, muestra el pensamiento filosófico un interés por la psyque o el alma, que se inaugura filosóficamente con la invitación socrática de conocerse a uno mismo. En este sentido, existe una proyección histórica centrada en esos problemas que se han desarrollado paralelamente a la relación puramente diádica entre sujeto y objeto o triádica entre sujeto-objeto y método y que ha desembocado en el desarrollo en el S. XIX de la psicología como ciencia.

3) RELACIÓN SUJETO-SOCIEDAD:
Si el vector gnoseológico lo multiplicamos exponencialmente y lo dirigimos al plano intersubjetivo o social, hallamos esa tercera dimensión gnoseológica que hace referencia al problema de la intersubjetividad que se inaugura desde el punto de vista filosófico con el idealismo alemán, pero que el fenomenólogo Edmund Husserl va a convertir en un problema central de su investigación filosófica que, posteriormente, en los siglos XIX y XX va a dar lugar al desarrollo de ciencias como la sociología y la psicología, que atienden a esa dimensión social o intersubjetiva, pero también se van a introyectar en la investigación sobre el conocimiento los aspectos contextuales, históricos, sociológicos o lingüísticos que antes, en el desarrollo histórico de esta pregunta, habían quedado al margen de la misma; e incluso la ciencia, ese saber objetivo por excelencia, va a ser puesto en su historicidad para descubrir en ella su dimensión social e intersubjetiva de saber acumulativo que se construye socialmente.

En lo que respecta al tema que nos ocupa, atenderemos únicamente la primera dimensión del conocimiento en su carácter tanto diádico como triádico y lo haremos desde una perspectiva tanto sincrónica como histórica.
LA DIMENSIÓN SINCRÓNICA DEL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO HUMANO
A) ¿QUÉ ES EL CONOCIMIENTO?
El conocimiento humano implica una relación representativa entre un sujeto que conoce y un objeto que es conocido. El sujeto es toda persona que tenga la capacidad de advertir experiencias internas o fenómenos externos a si misma. El objeto es la totalidad de las cosas de las que nos podemos dar cuenta, desde las experiencias personales mas inmediatas y los fenómenos que las causan hasta la comprensión de ideas, conceptos, enunciados, juicios y razonamientos. El conocimiento brota de la racionalidad humana, que se define coma la capacidad de obtener conocimiento concreto y abstracto, organizarlo y utilizarlo de una manera apropiada en la resolución de problemas teóricos o prácticos.
B) FACULTADES U ÓRGANOS QUE LO HACEN POSIBLE
Los órganos del conocimiento son los sentidos y la razón. Los sentidos son las facultades que hacen posible la percepción sensorial de los objetos concretos que nos rodean e impresionan directamente nuestra sensibilidad. La razón es la facultad que hace posible la solución de problemas complejos de adaptación al medio y la creación de símbolos pare conocer de forma universal y abstracta los objetos de Ia realidad. El conocimiento que nos proporcionan directamente los sentidos se denomina conocimiento sensible, el que trasciende el ámbito de los sentidos se llama conocimiento racional o inteligible.
Una vez definidos los términos que intervienen en el proceso gnoseológico, estudiaremos el mismo desde una perspectiva sincrónica atendiendo fundamentalmente a dos pasos o escalones de este proceso:
2.1.1. CONOCIMIENTO A NIVEL SENSORIAL.
2.1.2. CONOCIMIENTO A NIVEL RACIONAL O ABSTRACTO.
EL CONOCIMIENTO COMO ACTIVIDAD REPRESENTATIVA
Hemos definido el conocimiento como una actividad representativa del ser humano en relación con un objeto que se le presenta a través de sus facultades sensoriales y que éste reproduce creativa y simbólicamente. En este sentido, podríamos subrayar que el conocimiento es activo, creativo y tiene una función representativa, es decir, re-presenta la realidad o vuelve a presentárnosla ya cognitivamente reelaborada. Este aspecto del conocimiento nos remite a varias preguntas.
Teniendo en cuenta que el producto del conocimiento, es decir las ideas, representan o reelaboran cognitivamente nuestro encuentro con la realidad circundante y lo vierten o convierten simbólicamente en un código, en un lenguaje, ¿no son el arte y el mito dos códigos simbólicos o lenguajes que pretenden representar o presentar de alguna manera esa prístina relación del sujeto con ese trascendental que hemos llamado realidad?. Es decir, en tanto que sujetos cognoscentes, estamos obligados a codificar esa representación, sólo podemos mostrar nuestra relación con la realidad mediante un código, quedando ésta siempre velada o mediada por una representación, es decir por un lenguaje, por un signo. En este sentido, tanto la poesía como el arte son códigos y, por tanto, lenguajes que nos remiten a una relación representativa concreta y particular con la realidad y con la experiencia concreta vivenciada de la misma.Todos nuestros códigos simbólicos, que son productos cognitivamente reelaborados, remiten a un poso experiencial primario, ya sea de carácter individual o colectivo y, por tanto, el saber que se presenta a partir de ellos representa un aspecto concreto de ese prisma complejo y plurivalente que supone la relación experiencial con el entorno, en tanto seres humanos que somos y en nuestro proceso de evolución como especie. Por ello, aunque paradójicamente atribuímos más valor en nuestra cultura a una serie de saberes, todos ellos nos completan como seres humanos y, por este motivo, su presencia en nuestra cultura y nuestro sistema educativo es necesaria y sin ellos progresivamente nos deshumanizaríamos.
Supuestamente el lenguaje abstracto, en su historicidad partió de un desarrollo icónico en el que el signo no era grafía abstracta, sino imagen cuasi pictórica o sonido traducido a grafía. Tal es es caso de los jeroglíficos o los pictogramas. Por su parte, el arte, en su desarrollo histórico ha sufrido un proceso de abstracción como el lenguaje y de representar fielmente el objeto mediante las leyes de la semejanza, ha pasado a cuestionarse esta relación de representatividad y a subvertirla a partir de distintas técnicas y lenguajes propios hasta quedarse incluso con el concepto, con la idea misma pensada en el proceso de ejecución. Por su parte, la poesía, más que enfrentarse al imposible de representar mediatamente mediante el lenguaje esta relación, que se presume original e inmediata y, en ese sentido, no traducible a ningún código, intenta por todos los medios presentarla, hacerla de nuevo presente, aunque -paradójicamente- sea a partir de la representación lingüística y los recursos de un lenguaje gastado, que con esta finalidad siempre está el poeta recreando y haciendo nuevo.
Tales son los problemas que nos presentan, por ejemplo, René Magritte en su óleo sobre lienzo de 1928-29 Ceci n'est pas une pipe, a través del cual pretende deshacer la relación causal entre la imagen pictórica representada y el texto que la niega, también representado en el lienzo, así como su relación de semejanza o desemejanza con la supuesta realidad que figuran a través de la semejanza en el caso de la imagen y del código abstracto en el caso del enunciado pintado, que ya no forma parte propiamente del lenguaje abstracto, sino que se convierte en representación pictórica del mismo. En este sentido, Magritte representa pictóricamente a través de la semejanza, el lenguaje mismo, el enunciado, que convierte en pictograma lingüístico, subviertiendo su naturaleza representativa de código abstracto separado ya de la imagen y, por tanto, invirtiéndola. El pintor aplica al lenguaje las leyes pictóricas al incluirlo en el lienzo y con ello deshace su tradicional función como código lingüístico y lo convierte en un código pictórico, sometido a las leyes de la semejanza, que en última instancia, retrotraen al enunciado a su origen icónico.
Su finalidad es llamar la atención autorreflexivamente sobre el mismo proceso de codificación: en el caso de la imagen, Magritte pone de manifiesto, negándolo y aplicándolo al enunciado, el proceso de representación pictórica basado en la semejanza como una ley implícita a lo largo de la historia de la pintura. En el caso del enunciado, Magritte pone de manifiesto el proceso de abstracción simbólica, cuasi numérica, que sufre el lenguaje, poniendo en entredicho que el enunciado apunte externamente a un objeto e internamente a una imagen y a un significado compartido, al convertirlo en imagen y aplicarle los códigos pictóricos. En definitiva, Magritte deshace los códigos, los invierte y los entrecruza, para mostrar el proceso mismo de codificación humana, el conocimiento y su materialización y cristalización histórica en el lenguaje pictórico y en el articulado. Por ello, nos dice Magritte, que su propósito al pintar es hacer visible el pensamiento. Haremos nuestro el propósito de Magritte en este tema: pensaremos para hacer visible el pensamiento o su estructura, algo que antes dábamos por supuesto.

En conclusión, Magritte se cuestiona algo similar a lo que me vengo a plantear en este apartado: el conocimiento implica implícitamente, en tanto que parte de un sujeto, una relación representativa mediante un código, ya sea este un mito, un cuadro, un poema o la propia ciencia; en ese sentido, no podemos presentar la realidad, tan sólo intentar representarla de alguna forma. En la Antigüedad se pensaba que la forma de representación era especular y absolutamente coincidente entre la idea y el objeto, pero a lo largo de la historia del pensamiento se ha cuestionado este carácter especular de la representación gnoseológica incluso en la propia ciencia positiva. No obstante, si el conocimiento científico no fuera más que otro tipo de lenguaje, que intenta a través de las teorías dar sentido a un conjunto de fenómenos, ¿cómo orientarnos en la realidad y en la vida sin un conocimiento seguro?, ¿a qué llamaríamos verdad?